
El Mundaka es considerado de los más importantes y antiguos de los Upanishads porque marca un hito en el pensamiento de la India. Elabora una epistemología de particular interés y marca un parteaguas, un cambio de paradigma en el hinduísmo, al criticar el ritualismo védico, mencionando por primera vez el término Vedanta, el final de los vedas, dando origen al nombre de esta corriente filosófica.
El relato comienza con una pregunta a Angiras, personaje continuador de un linaje de conocimiento transmitido originalmente por la inspiración divina: ¿Cuál es el conocimiento con el cual puede conocerse todo lo demás?
En la respuesta que sigue, Angiras clasifica el conocimiento en dos: como provisional o como definitivo. Al conocimiento exotérico, es decir, orientado hacia fuera, hacia lo material, lo denomina con conocimiento provisional. Algunas traducciones del texto lo relacionan como un conocimiento inferior. Menciona explícitamente a los vedas, con sus ritos y sus ceremonias, y a las ciencias (gramática, etimología y astronomía). Para el conocimiento definitivo, y en el cual se centra el Mundaka, se refiere al conocimiento de Brahman, al conocimiento de lo imperecedero e inmutable, lo eterno: «lo que no se puede ver ni tocar», lo omnipresente pero oculto detrás de todo lo manifestado en la realidad. Ello es la fuente del Ser y de todos los seres, de donde nace el nombre, la forma y la materia. El texto utiliza una imagen que evoca a la manifestación de la realidad desde lo impececedero:
“Tal como la telaraña procede de la araña, la planta de la tierra, o el vello de la piel, todo lo creado se debe a este principio eterno”. “Al igual que de las llamas saltan en innumerables chispas de fuego, del eterno se desprenden incontables seres que luego retornan a él”.
Todo brota del Braman, la realidad es lo que se rebosa de este espírutu universal y podemos percibir. Es útil emplear otra alegoría para comprender el Brahman y el Atman. La imagen del rizoma de las plantas herbáceas, aquel tallo horizontal subterráneo que funciona como reserva de nutrientes, que tiene yemas de las cuales brotan las hojas del pasto, como si fuera una planta diferente que la contigua, cuando en realidad son una misma planta que sólo se muestra en la superficie con sus hojas individuales. Así mismo, lo inmanifestado del Brahman sería el rizoma, lo oculto que sostiene y genera el cosmos, y las diferentes hojas son los individuos aparentes, aunque cada uno de ellos es una parte manifestada del Brahman. Si cada una de esas hojas meditara como humana aprendería que su savia, su clorofila, sus fibras, lo que la une con el rizoma, es el Atman. Por lo tanto, conocer el Brahman es lo que nos permitirá conocer todo lo demás, porque la realidad entera es creada a partir de ahí.
¿Cómo conocer lo invisible, lo inasible, lo no manifestado? ¿lo que está oculto en las apariencias pero es el motor de éstas? Para el conocimiento provisional y exotérico, se cuenta con la empiria, la evidencia, lo constatable. Para el conocimiento definitivo, profundo, no se pueden utilizar los instrumentos materiales, ni la lógica, puesto que es mucho más complejo que aquello que la razón y el lenguaje pueden entender y explicar. ¿Cómo conocer lo inmanifestado, si solo contamos con lo manifiesto para operar en la realidad? Esa es la dificultad del conocimiento superior.
El conocimiento del Brahman, de lo absoluto, no es un proceso cognitivo típico. Mas bien es una experiencia mística. Es la experiencia que han vivido, desde antes de la historia, todos los místicos del mundo. La dilución del yo y el sentimiento de estar fundido con el todo, donde se borra la frontera entre el yo y lo Otro. La propuesta es que aquel conocimiento se alcanza con el Yoga:
“Esgrime el gran arco de las Upanishads. Apunta la flecha afilada de tu medtiación en el OM, tensa la cuerda con toda tu mente y da en la diana, el blanco eterno. OM es el arco, tu alma la flecha y Brahman el objetivo. Así como la flecha se une con la diana, que tu alma penetre en el Brahman y se hagan UNO”.
Se entiende que el yo es un fenómeno psicológico que nos permite estar en este mundo, movernos y enfrentarnos a él y sus dificultades. Sin ese sentido de separacion del mundo como otredad no podríamos sobrevivir. Pero también nos limita en el conocimiento de lo imperecedero. El misticismo es la dilución de ese yo, de esa frontera o límite que marca el inicio de la identidad. Los místicos sienten llegar a la «verdad» como una revelación, una sensación de plenitud. En esta experiencia se deja de lado lo intelectual, se rebasa la limitada racionalidad y se entra en un poderoso saber irracional. Es irracional excede las posibilidades del pensamiento. La certeza más grande es irracional.
Evelyn Andergil sugiere en su libro «La Mística», que la gente cree a los místicos porque sentimos que dicen la verdad, que lo que dicen es cierto, y generan una nostalgia de aquel infinito que todos parecemos conocer en el fondo de nuestro corazón. Rene Guenón lo llama la «intuición intelectual».
Sobre esta intuición, Spinoza clasifica el conocimiento en tres niveles. El primero y más basico, que incluso puede infundir error frecuentemente, es el conocimiento empirico, basado en lo particular, en la singularidad aparente del fenómeno cotidiano, y el afianzamiento en la memoria ante tal experiencia. En el segundo nivel está el conocimiento racional, que logra ver lo general en lo particular. Este nivel comprende esa especie de estructura que esta detrás de los fenómenos particulares. Es una lógica de conjunto que logra percibir y agrupar las similitudes de los acontecimientos que en apariencia son diferentes, pero que muestran semejanzas en su despliegue y conformacion. El tercer nivel spinoziano -en línea con Guenón y este Upanishad- es el conocimiento intuitivo, que logra vislumbrar las esencias de los fenómenos acorde a su naturaleza. La mayoría de los cientificos en sus grandes descubrimientos, previamente a su experimento y su argumentación lógica, recibieron la solución a su problema de manera intuitiva e intempestiva. Pensemos en tantas anécdotas al respecto. Desde el «¡Eureka!» de Arquímedes en su bañera, hasta la manzana de Newton, en la que subrepticiamente descubrieron la clave de su pregunta. Un descubimiento repentino a partir del cual procedieron a diseñar su experimento. Luego empalabrarlo y/o domesticarlo conceptualemente a través de un lenguaje específico de su ciencia y cultura para hacerlo comunicable, donde irremediablemente el fenómeno al que remite se degrada de la experiencia original, siempre como correspondencia imperfecta.
Por ello y más, el conocimiento científico de la materia es provisional, porque ella misma, tanto el objeto de estudio como la mente del estudiante son cambiantes, están sujetas al devenir. Incluso en la historia de la ciencia lo sabemos. Nuevos descubrimientos dan paso a nuevas teorías. La física de Newton dejó su lugar a la física de la relatividad y la cuántica. Pero el conocimiento místico, el que aquí se considera definitivo, no ha cambiado a lo largo de los milenios.
La experiencia mística viene acompañada de una sensacion gozosa, de dicha, de «anandam» (este tema es fecundo para reflexiones que dejaremos pendientes). Cuando sucede hay una especie de vaciamiento en el momento en que todo alrededor y todos los seres pierden su nombre y su forma, como menciona Angiras. Pero aquel es el vacío al que remite el budismo. No el vacío de la nada, sino el vacío que permite observar la realidad desnuda, vaciada de las categorías, conceptos y proyecciones de nuestra mente sobre los objetos. Es como observar el mundo desnudo por primera vez, en su esencia pura. Y luego observarlo en su telaraña de conexiones causa-efecto (kármicas) sobre sus objetos. A este vaciamiento previo se refiere tambien la expresión de poner la mente «en blanco» del Yoga (tema que exploraremos con detalle en la lectura de los Yoga Sutras). Este proceso que constituye la muerte simbólica y efímera del yo, provoca después una nueva versión -un vertido- del mundo, que llena nuevamente la vivencia. Vaciarme para llenarme de nuevo, con esa sensacion de plenitud. El Todo. La totalidad panteísta, no dualista, del Advaita Vedanta: “el mundo entero es Brahman”:
“La unidad inmanente es el lugar donde se entretejen la tierra, el aire y la bóveda estrellada… En ella confluyen todas las sendas como radios en el eje de una rueda. Gira sobre sí misma y se transforma de muchas maneras”.
Cuando los sabios la ven se desatan todos los nudos del corazón, cesa el karma y las dudas, en la dicha y el gozo. En la tercera parte, el texto de Mundaka Upanishad nos trae de nuevo otra célebre alegoría clásica de los vedas:
“Dos hermosos pájaros, unidos por la amistad, uno junto al otro. Uno saborea los dulces frutos mientras el otro lo mira inapetente, en silencio. Bajo ese árbol, alguien que se siente abatido deplora su desgracia. Pero ve a “otro” pagado de sí mismo y poderoso, y seducido por sus cualidades, se libera de su dolor. El sabio es capaz de ver el esplendor del espíritu en el Hacedor y el Señor, origen de la creación, libre del reclamo de virtudes y vicios, alcanza el Atman supremo.”
La interpretacion de esta alegoría puede tener muchas lecturas. Una de ellas puede ser la dualidad en la unidad. Dos principios (activo y pasivo); dos modalidades de una misma sustancia (naturaleza y espíritu, materia y conciencia). En el contexto del yoga y del Mundaka, nos apela la idea de que el Ser tiene dos partes que se orientan ya sea hacia la trascendencia o hacia la inmanencia, y se retroalimentan. La conciencia como testigo que solo observa (Purusa, que profundizaremos en Yoga Sutras) es el pájaro contemplativo, el conocedor del conocimiento supremo, el definitivo. En cambio, el pájaro activo es el agente del conocimiento provisional: la mente y el cuerpo. Esta alegoría, junto con la del carro, que estudiamos previamente en el Katha Upanishad, nos ayudarán a comprender mejor el Bhagavad Gita, que resuenan fuertemente en su mensaje.
Concluye el Mundaka con el sentido del conocimiento definitivo:
“En los mundos de Brahman, en el instante supremo de la muerte, los sabios inmortales se desembarazan de toda atadura…Karma y alma se unen, bajo la especie del conocimiento, en el supremo eterno. Y, a semejanza de los ríos que van a dar al mar y ahí pierden su nombre y su forma, la persona sabia, liberada de su cuerpo e identidad, penetra en el sumo espíritu, que trasciende toda trascendencia. Quien conoce al Brahman se convierte en Brahman.”
