
El Samkhya Karika (SK) es el tratado escrito por Ishvara Krishna en el siglo IV o V, donde recopila y sistematiza de manera breve y en verso (para ser memorizado y transmitido oralmente), la tradición filosófica india del Samkhya, que es la darsana (visión filosófica) más antigua, ya que encontramos referencias de ella y su fundador, Kapila, en los Upanishads y el Mahabarata, y algunos antiguos textos budistas, muchos siglos antes del trabajo recopilatorio de Ishvara Krishna.
La influencia del Samkhya fue notable en la antigüedad, al punto de que incluso la ciencia del Ayurveda esta fundamentada en sus principios. Con los siglos se fue vedantizando, dada la hegemonía del Vedanta, y perdiendo algunos de sus matices originales. Pero la relevancia mayor del Samkhya, para nuestros intereses, consiste en proveer la base epistemológica y metafísica de la darsana Yoga, la escuela filosófica representada por Patanjali, Vyasa y sus comentaristas. Patanjali toma del Samkhya casi toda su psicología y cosmología para sustentar el método meditativo expuesto en los Yogasutra, agregando algunas aportaciones originales: una terminología diferente para conceptos similares, la referencia teísta al «Señor» (el Samkhya es ateo), y detalles de una técnica ascética que complementa lo expuesto en el SK. Por ello, se suele mencionarlas en par, como «Samkhya-Yoga», y son consideradas como parte de la ortodoxia hinduísta, ya que no contradicen los Vedas. En estos últimos se puede encontrar el germen de muchos conceptos desarrollados mas adelante por el Samkhya, aunque el SK, de entrada, niega la posibilidad de que el ritualismo védico pueda erradicar el sufrimiento en la vida humana, lo cual es el principal objetivo del Samkhya, que literalmente significa «discernimiento». A continuación propone que la manera más eficaz para liberarse del sufrimiento, total y definitivamente, es discernir entre lo manifiesto y lo inmanifiesto (Parkrti), y entre lo conocido y el conocedor (Purusa). Para ello, después de señalar que el conocimiento valido se adquiere a través de la percepción, la inferencia, y el testimonio verbal, postula un sistema dualista. Esto implica que el cosmos está constituido únicamente por dos sustancias irreductibles, pero en estrecha relación e influencia mutuas: la Conciencia (Purusa) y la Materia (Prakrti). Un universo constituido por la Naturaleza, por una parte, y la Conciencia, por la otra.
La Materia es todo lo manifiesto en el mundo. Todo lo que conocemos y que es la base objetiva del universo, incluyendo la energía y la mente misma, que es parte del cuerpo, no algo separado de él. También postula que existe una parte no manifiesta de Prakrti, de la cual brota el mundo fenoménico. Establece que la mente no es la conciencia. Hay que entender esta conciencia de una manera diferente a como estamos acostumbrados, no es el concepto psicológico de «darse cuenta», la alerta y la vigilia, sino algo más allá. Al establecer que la mente es materia, se diferencia de la dualidad cartesiana mente-cuerpo. Es más: la mente es el instrumento material con el que la conciencia experimenta y contempla la naturaleza. Es incluso un puente, un medio en que ambas sustancias entran en fecunda relación, ya que su unión es la base de toda creación y experiencia. Esta unión (samyoga) es el origen del todo.
Segun el Samkhya, la confusión entre la mente y la conciencia, creer que son lo mismo, es la causa del sufrimiento. Se sufre por no distinguir lo eterno de lo efímero, lo cambiante de lo permanente, lo material de lo espiritual, y creer que uno es lo otro. Para superar esta ignorancia metafísica, propone la vía del conocimiento (jhana). Pero esta sabiduría no consiste en acumular datos y nociones enciclopédicas, ni se adquiere con mucho estudio académico. Es explícito en el SK que se llega al conocimiento con el discernimiento entre lo que es Purusa, la conciencia, y lo que es Prakrti, la materia. Se puede inferir, de manera implícita en el SK, que con la meditación se puede discernir entre estas dos sustancias. Más específicamente, entre lo que se encuentra en la realidad y lo que nuestra mente se puede creer como real, pero que es ficticio. Consiste en desengañarse de las fantasías de la propia mente. No postula una irrealidad del mundo, como el Vedanta postula la ilusión metafísica (maya). El mundo es real, es conformado por el despliegue de las esencias de Prakrti, los gunas, que son las tres cualidades de todo lo material. La diferente combinación de estas cualidades dan origen a los cuerpos toscos y sutiles de la naturaleza. Estos gunas son sattva, rajas y tamas. Estas cualidades son tanto materiales como psicológicas, ya que también pueblan la mente, que tiende mas hacia el guna sattva. Este guna se refiere a la transparencia, la claridad, el placer, la luz, la sabiduría. El guna rajas se refiere al dinamismo, lo inquieto, el dolor, la pasión, lo cambiante. El guna tamas es la oscuridad, la rigidez, la estabilidad, la confusión, la ignorancia. Según la combinación en diferente proporción de estas cualidades, los objetos toman su forma y naturaleza manifiestas. Este apunte es importante, ya que en el yoga clásico se busca devolver a la mente su cualidad sátvica, cuando está dominada por el rajas en forma de agitación mental, o por tamas, una mente dominada por la confusión y la ignorancia.
Por otra parte, la conciencia (Purusa), es simplemente una testigo de la experiencia, la observadora que Patanjali llama «el vidente». Es un testigo mudo que no participa ni es realmente afectado por el mundo, pero lo contempla. Esta observación contemplativa que se realiza sobre la naturaleza de Prakrti es lo que la activa, lo que hace que la materia entre en evolución y desarrollo. La cosmogonía del Samkhya propone que el equilibrio de los gunas es el estado inicial y final de cada ciclo cósmico, que se repite infinitamente. Es el acto de contemplación de la conciencia lo que rompe ese equilibrio y hace que la materia se manifieste en su proceso evolutivo de recombinación gúnica. La metáfora utilizada en el SK es la de la naturaleza/materia como una bailarina que monta un espectáculo para deleite de la conciencia.
El universo inicia con la interacción entre estas dos sustancias fundamentales. A partir de su enlazamiento, Prakrti origina los tattvas (elementos constituyentes) que definen la experiencia total de la naturaleza. El primero en generarse es el intelecto (buddhi), definido como voluntad pura, que a su vez da origen al «yo» (ahamkara). Este sentido identitario a su vez genera la mente (manas) que sería como el sexto sentido, ya que organiza los otros cinco sentidos: oído, vista, tacto, gusto, olfato, sus órganos bilógicos, y los ámbitos de la experiencia, formados a continuación. Finalmente se crean los elementos toscos de la materia: aire, agua, tierra, fuego, éter.
Se puede admirar dos cosas: la primera es que los primeros tattvas son dominados por el guna sattva y los últimos por el guna tamas, en sus distintas proporciones. Es una progresión o simplificación desde la materia cargada de conciencia hacia la materia más burda. La segunda cosa es que el cuerpo sutil y la percepción crea la materia tosca, no al revés, como se piensa en la ciencia occidental dominante, que la materia crea la mente. Que ella emerge de las condiciones materiales. Aquí, en cambio, la mente es la creadora de la realidad.
La relación de la conciencia y la materia supone una codependencia existencial. La materia es inconsciente, y necesita a la conciencia para desplegarse. La conciencia no tiene cuerpo y necesita a la materia para sentir. Es como un cojo y un ciego. Se requieren mutuamente para poder andar. Así la materia puede ver por donde va, y la conciencia puede moverse.
Esta relación supone varias paradojas. La más importante es que la conciencia, en su testimonio de la creación, se olvida de su propia soberanía y naturaleza, y queda atrapada en la materia. Estrictamente hablando, queda atrapada en la mente. El ser cree que lo que experimenta es su propio cuerpo, su propia mente. Se cree que quien sufre es la conciencia, cuando en realidad es la mente, el cuerpo. Y considera a su mente como consciente, cuando no lo es. Es solamente un instrumento de representación. Al identificarse con el dolor y el placer, la conciencia vive la pasión como propia, y padece el sufrimiento. Por lo tanto, discernir entre mente y conciencia es la clave de la liberación de la conciencia. Este parece ser el juego cósmico metafísico. La dicha de liberarnos, como conciencia pura, y descubrir que el Ser es siempre libre, que nunca estuvo esclavizado.
Entendiendo el Samkhya se accede mejor a los dos textos considerados los más importantes del yoga contemporáneo: el Bhagavad Gita y Yogasutras, que insisten en esta actitud testimonial de la conciencia, encarnada para contemplar el mundo desde el dharma (deber existencial) de cada persona, desde su propia perspectiva y posición en el cosmos, y unir todas las visiones de los purusas individuales en una gran contemplación universal para gozar la dicha de esta revelación/liberación.
Este es el conocimiento superior, la sabiduría (jhana), en la vía de liberación que expone el Samkhya. El método implícito es la meditación sobre los tattvas, en sentido contrario al proceso cosmogónico: ir de los elementos toscos, meditar en la materia más tamásica, para ir subiendo hacia la materia sutil del sattva, y continuar en aquel sentido inverso de la creación, para regresar al punto de samyoga, la unión de Prakrti con el Purusa. Al final de este trayecto, un mantra resume la sentencia máxima de este saber: «No soy. No es mío. El yo no existe». Esta es la conclusión de la liberación. La materia se repliega y la conciencia vuelve a dormir. Para volver a despertar a continuación y reiniciar el ciclo cósmico de nuevo, ad aeternum.
