Patanjali reúne, desde la tradición del yoga, muy antigua y anterior a su tratado, un método especifico para el control mental y emocional, lo cual es la clave para la meditación y la liberación que propone el hinduismo desde varias corrientes. Esto nos arroja varias preguntas. La primera seria: ¿liberarse de que? la respuesta es simple: del sufrimiento, el cual es inherente, según esta tradición, a la condición humana. Mucho de este sufrimiento viene de la propia mente, de su mismo funcionamiento. Por ello, el autocontrol mental es el medio para la liberación. Esto nos remite al Mundaka Upanishad, donde se afirma que aquella persona que no domine su propia mente, tampoco podrá dominar su propia vida. Por ello, el yoga es una vía para la autorrealización personal.

Los Yogasutras contienen una psicología que habría de ser estudiada por la psicología académica y clínica, ya que muchos de sus postulados se pueden encontrar soterrados en esta disciplina contemporánea, dispersos en varias de sus escuelas, sin reconocer su verdadero origen.

Los primeros aforismos nos adentran en estos postulados. El objetivo inmediato del yoga es la detención de los procesos mentales, y de esta manera, la mente se asienta en su verdadera naturaleza, el guna «satva», el cual es prescrito y analizado hacia el final del texto del Bhagavad Gita. La mente es «satvica» en su esencia, lo cual quiere decir que tiene la cualidad de la transparencia, la luz, la inteligencia, la tranquilidad, pero el estilo de vida contemporáneo nos la contamina con el movimiento, la inestabilidad y la agitación, lo cual pertenece al guna «rajas». Por eso, uno de los principales logros de la práctica del yoga, incluyendo el yoga contemporáneo, moderno, o internacional (como lo quieran llamar) es reubicar a la mente en esta calma y estabilidad. Esto es lo que quiere decir el eslogan del yoga, una vez traducido a los términos de la industria del «wellness»: relajación física, mental y emocional para aliviar el «stress».

La primera parte de los Yogasutras abunda en el objetivo ulterior de esta filosofía y práctica: lograr el «samadhi», que significa la iluminación, o contemplación, según la traducción del sánscrito, en la cual incluso desaparece la cualidad sátvica de la mente y se alcanza la conciencia suprema, el «purusa». Tanto este término como su concepto son adoptados de otra corriente más antigua del hinduismo, el Samkya, que a su vez lo retoma de los Vedas. El Samkya postula una dualidad en la constitución del cosmos, dos principios irreductibles pero complementarios: por una parte, purusa, la conciencia, y por la otra parte, «prakti», la materia. La mente, según esta filosofía, es parte de la materia, no de la conciencia. Y gran parte del sufrimiento humano surge de la ignorancia metafísica que implica confundir la mente con la conciencia, siendo dos cosas diferentes. La mente, simplemente, es un instrumento de la conciencia para ésta que pueda experimentar la materia.

Hay tres famosas metáforas para entender la relación entre la conciencia y la materia. La primera es que la materia es como una bailarina, y la conciencia es la observadora de la exhibición que hace la materia, en su espectacular despliegue de los fenómenos de la realidad. La conciencia no tiene contenido y la materia es plenitud total. La Nada y el Todo. La conciencia no tiene forma ni fondo, pero es la fuente de la percepción y la sensibilidad. Los sentidos y la percepción son los fundadores del universo, según la cosmogonía védica, y después se crea la materia.

La segunda metáfora la conocimos en el Katha Upanishad. La de los dos pájaros posados en las ramas de un árbol. Uno de ellos come los frutos del árbol, participa de la vida y la materia. El otro lo observa inapetente, silencioso. Como un testigo mudo. El pájaro activo representa a la mente, y el pasivo, el observador, es la conciencia. Patanjali se refiere a la conciencia como el «testigo». En otras versiones, el mismo concepto se traduce del sánscrito como «vidente».

La tercera metáfora, que se menciona en los Sutras, es la de la mente como un diamante. El tesoro de la humanidad, lo más valioso que posee. Pensemos en un prisma, el cual descompone la luz blanca de un rayo de luz en la variedad de colores del arcoiris. El prisma representa a la mente; la luz blanca es la luz de la conciencia; y los colores son toda la variedad de pensamientos, emociones y sentimientos con los que hacemos las representaciones mentales del mundo exterior, de la materia, que se reflejan en el cristalino espejo de la mente. Cuando se habla de poner la mente en blanco, hay una reminiscencia de esta metáfora. Que la mente cese de todos los coloridos para ubicarse en la luz blanca de la conciencia, sin contenido propio, la contemplación pura. Esto es lo que busca el yoga. Esto es el samadhi.

Este nivel de contemplación es complicado de lograr para las mentes no entrenadas, o las que no tienen una tendencia natural a alcanzar estos estados. Por ello, Patanjali dedica varios sutras a prescribir una forma de meditación mucho mas sencilla, como paso previo en un progresión que debe buscar la meta del samadhi. Esta es la meditación «con semilla», o germinal, como la llama en sus aforismos. Básicamente, consiste en utilizar un objeto en el cual fijar nuestro pensamiento para poder cesar la agitación mental. Este objeto es como una semilla para la meditación. Algunos de estos objetos pueden ser un mantra, algún sonido o canción, una imagen mental arbitraria o una imagen de algo que nos produzca gusto o preferencia, por ejemplo una persona querida, un paisaje, etc. Especial énfasis pone Patanjali para recomendar la meditación en el «Señor» (Ishvara), el cual es una personificación teísta (esto es un rasgo que distingue al yoga del Samkya, que es ateo), y que su sonido es el OM, la silaba consagrada en los Vedas y especialmente reseñada en los Upanishads. Por lo que concentrarse en el sonido sagrado del OM, pronunciándolo vocal o mentalmente, es un gran recurso para aprender a tranquilizar la mente.

Hay otra interesante metáfora, mas reciente, del astrofísico y filósofo Juan Arnau y el neurocientífico Alex Gómez Marín, que asemejan a la noción de conciencia según los Upanishads. Una nueva versión de la propuesta de William James y Henri Bergson de la mente como un filtro (similar al diamante). La mente funciona como un aparato de radio, que reproduce los sonidos que capta con sus antenas a partir de las ondas radiales. La conciencia son las ondas de radio. La sensibilidad entrenada las antenas. Y la mente es el radio, el aparato que las reproduce. La conciencia es universal y se encuentra en todo, muda e invisible, alrededor de nosotros.

La paz mental es necesaria para acceder a esa conciencia, sin las alteraciones que impiden alcanzarla. Solo así se puede absorber la mente en el objeto en que se concentra (semilla) y permite el paso de la conciencia para abarcarnos totalmente. Esa paz se logra con respiración y ejercicios mentales, pero la base es una ética. Una actitud general que se resume en el sutra 1.33: compasión hacia quienes sufren, cultivar la amistad y simpatía hacia las personas felices y virtuosas, e indiferencia hacia las personas malvadas.

Esta base ética se enfatiza cuando Patanjali propone los ocho pasos del yoga, la sistematización más conocida del método. Para bien o para mal, por su simpleza, es la pieza más comentada sobre la filosofía del yoga. Y rara vez se profundiza más que en eso en el yoga contemporáneo. Los ocho pasos son: 1. Las restricciones (no violencia, veracidad, honestidad, austeridad, y no posesividad). 2. Las prescripciones (higiene y autocuidado, contentamiento, ascetismo, estudio y autorreflexión, rendición a la divinidad). 3. La postura (asana). 4. Ejercicios de respiración (pranayama). 5. Retirada del estimulo de los sentidos. 6. Concentración. 7. Meditación. 8. Contemplación (samadhi).

Sobre los primeros no abundaremos ya que hay mucha información disponible en otras fuentes. Para los fines de este resumen nos enfocaremos más en los últimos tres pasos del yoga, que son el corazón del método meditativo propuesto por Patanjali, y a los cuales dedica la mayoría de los aforismos de la obra. Estos tres pasos (dharana, dhyana, samadhi) en conjunto los denomina samyama, lo cual es traducido como «dominio» e implica un autocontrol mental total.

Practicar samyama sobre diversos objetos otorga poderes mentales, que en una lectura ingenua y literal, nos parecerían mágicos. Por ejemplo, hacer samyama sobre la fuerza del elefante nos otorga una gran fortaleza física, hacer samyama sobre la ligereza del aire nos permitirá volar. Aplicado a nuestra realidad sociocultural, el samyama nos permitirá dilucidar pensamientos e intuiciones mas claras sobre los objetos de su operación. Después de enlistar todos los poderes que puede adquirir un yogui, Patanjali pasa a despreciarlos, porque son tentaciones y obstáculos para llegar al samadhi. Algunos yoguis se quedan esta etapa porque otorga ventajas en la vida material, pero desvirtúan sus capacidades y sus fines, y no llegarán a la iluminación.

Los pasos del samyama son consecutivos: su empleo consiste en concentrarse en un objeto (dharana). La concentración sostenida por largo tiempo es la meditación (dhyana). La meditación sostenida por largo tiempo desemboca en la contemplación (samadhi). Así de simple. Se dice fácil. Y así puede ser si se entrena y practica con intensidad y regularidad. Al inicio de la sadhana (practica), la concentración se rompe con la emergencia de imágenes mentales, lo cual es una tendencia natural de la mente. Estas imágenes son impresiones latentes de nuestra experiencia cotidiana, que se quedan grabadas en la mente como reminiscencias de la representación del mundo. La meditación con semilla permite que la absorción de la mente en el objeto contemplado funcione como una barrera para evitar el surgimiento de las impresiones latentes emergentes. Cuando se alcanza un alto grado de maestría en esta operación, se puede eliminar la semilla, que es la ultima impresión latente, y se accede en la meditación no germinal (sin semilla), el ultimo grado del samadhi, el aislamiento, la absorción total. El Ser se reintegra a la fuente de donde ha surgido. Es la re-unión con el Todo.

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