http://www.bharatadesam.com/spiritual/upanishads/aitareya_upanishad.php: Aitareya Upanishad: ¿Qué es el alma?

En los Vedas, el término Atman se refería al aliento vital. Su significado literal se acerca al concepto de «esencia». En los Upanishads, la noción del Atman es central, junto con la de Brahman, que etimológicamente se acerca a «expansivo». En progresivos acercamientos y definiciones, Atman vino a significar el Sí-mismo, el Ser, el principio universal inmanente, el espíritu individual, la Conciencia individual, como parte idéntica a la Conciencia universal (Brahman). En castellano a veces es traducido como «alma». Esta palabra castellana tiene la raíz común de las lenguas indoeuropeas, a su vez proveniente del latín «anima», que también significa corriente de aire, aliento vital, vida, espíritu.

En el principio era el Atman. Así comienza el Aitareya Upanishad, uno de los más antiguos y breves, tanto como poético y mitológico. Relata la creación del Purusa, la persona primordial, y a partir de sus emanaciones, la creación del cosmos entero. El termino Purusa, más adelante, con el paso y la redefinición de los siglos y milenios, significará algo más, también como concepto fundamental, para otras visiones filosóficas inspiradas en los Vedas.

A partir de esa persona primordial, el Atman va confeccionando los órganos de los sentidos, sus elementos y sus consecuencias. De la boca del Purusa nace el habla, y de ella el fuego. De la nariz nace el olfato, y de éste el aire. De los ojos nace la vista, y de ella el sol. De las orejas nace el oído, y de éste el espacio. De la piel los vellos (el tacto) y de éste las plantas y los árboles. Del corazón nace la mente, y de ella la luna. Del ombligo nace el aliento, y de éste la muerte. De los genitales nace el semen (el masculino y el femenino: la sangre menstrual), y de ellos el agua. Esta es una propuesta muy original y propia de la filosofía indica: de la percepción nacen los objetos. La materia es una consecuencia de la sensibilidad, y no su causa. La percepción crea la realidad.

Otra idea interesante es la proyección del mundo (o Dios) como una imagen personal, antropomórfica, el Purusa, vicio o virtud de la mayoría de creencias teístas. Aquí podríamos cuestionar si es una tendencia psicológica extender a Dios nuestra forma humana, o al contrario, suponer que la forma humana es un fractal, una representación miniatura del macrocosmos. Nos inclinamos por esto último, a partir de tropos recurrentes de los Upanishads. El universo es el cuerpo de la divinidad. Las estrellas son sus ojos, los vientos son su aliento divino, los planetas son sus manos, el sonido su habla, la dicha de los seres es la miel del cielo.

Los dioses creados por el Atman, según el Aitareya, se integran a reposar en sus correspondientes partes corporales. El fuego en la vista, el aire en la nariz, las plantas en la piel. La mente reside en el corazón. La muerte en el ombligo, en el lugar donde recibimos la vida, el punto que nos unía a nuestra madre. El agua en la procreación. Aquí el elemento acuático es muy importante como el caldo de cultivo primario. El Pusura, una vez creado se sumerge en el océano cósmico, que es el samsara, según la interpretación de Shankara. Por eso el Atman crea al Purusa del agua, y luego, cuando el Hambre y la Sed reclaman su lugar en el cuerpo, el Atman crea el alimento a partir del agua. Pero se le escurre y no puede saciar el cuerpo con los sentidos. Si así fuera, con solo ver el alimento uno se saciaría, o con escucharlo, se quedaría satisfecho, o con solo tocarlo. Es el aliento el único que puede integrar el alimento. Por ello la comida sólida alimenta el cuerpo físico, y el prana es el alimento del cuerpo sutil. La respiración sostiene a la mente o el alma.

El hambre y la sed en todo el cuerpo es la base del deseo. El alma se regocija en vivir, en experimentar la naturaleza, en sentirla. El deseo es la médula de la vida.

Entonces el Atman, cuando ve a todas las deidades en su respectivo lugar, se pregunta «¿quién soy yo?». Una casa es un hogar solo si existe un huésped. Por lo tanto, el Atmana procede a abrir en el cráneo un orificio, la fontanela, y entra al cuerpo a través de ella. La coronilla es la puerta del alma. El cuerpo vivo es el hogar de la Conciencia La coronilla es umbral de la felicidad, según el Aitareya Upanishad. Con el paso de los siglos, se le asignaría a este lugar el chakra coronario, el que comunica con la divinidad, por donde se alcanza la iluminación.

Segun Shankara, esa casa del alma tiene tres habitaciones: los ojos, la mente y el corazón. La Conciencia reside en el ojo durante la vigilia. En la mente durante el sueño. En el corazón durante el sueño profundo.

La segunda parte del Aitareya es una oda a la maternidad. El Atman tiene tres nacimientos. El primero es cuando el Atman del padre se une al Atman de la madre, y juntos forman un tercero que es la unión de ambos. La madre lo nutre con su propio Atman, y a su vez es nutrida por su embrión. Y así alimenta la vida y al mundo entero. Cuando da a luz y alimentan al hijo, da continuidad a la creación, y es su segundo nacimiento. El tercer nacimiento es cuando el Atman deja el cuerpo en el momento de la muerte, como un fruto maduro que se desprende de la rama de un árbol, para trascender o ir a reencarnarse en otro cuerpo. Esto representa la inmortalidad del Atman. Los cuerpos mueren. La vida es inmortal.

El Ser, el Atman, se responde: Soy quien ve, quien oye, quien saborea lo dulce y lo amargo. Soy quien siente. El sujeto de la experiencia. Soy sabiduría, conocimiento, reflexión, memoria, propósito, pensamiento, sentimiento, vida, deseo. Soy todos los animales, todos los seres, vivos e inertes. Soy el impulso de la vida, sostenido por la Conciencia universal. El Atman/Brahman es la Conciencia.

Cuando uno lee los Upanishads más antiguos (como el Aitareya), se encuentra con una divinización de los elementos naturales. No es la ingenua interpretación animista con que la cultura occidental juzga las creencias de las culturas indígenas. No es que deifiquen las cosas, sino que se identifican con aquellos elementos que nos deifican a los humanos, al hacernos posibles, al ser el sostén de nuestras vidas. Y por ello les consideran sagrados. Por eso se hace su alabanza. Nuestra cultura está impregnada por la noción de una dualidad de la materia y el espíritu (mente) desde Platón, y luego Descartes, como si fueran dos cosas diferentes e irreductibles. Al leer los Upanishads más antiguos, que echan de lado el panteón védico (los dioses mitológicos), dan la impresión de ser la descripción de unas personas que acaban de venir al mundo, y que lo observan por primera vez, absolutamente maravilladas. No crean figuras antropomorfas con cualidades sobrenaturales, sino que consideran divinos los elementos de la naturaleza, como si acabaran de despertar y abrir los ojos, y encontrarse con la creación de frente, y sin categorías preestablecidas, para entenderla.

Por ello entienden que el Atman, la esencia del ser humano, y de todo ser vivo, es su respiración. Eso habremos de recordar en el yoga, cuando situamos el pranayama en el primer lugar, en la apertura hacia la vida plena. Posteriormente, la otra residencia del alma, porque sostiene lo vivo, es el corazón. Y por último, la mente, lo que hace que trascendamos, que la Conciencia se proyecte hacia el exterior y disfrute del mundo. Así cierra esta excepcional definición positiva del Atman. El alma es aliento, mente y corazón.

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