
Según la leyenda, el sabio Vasugupta tuvo un sueño en que un «siddhi» (un yogui realizado) le indicaba un lugar en el monte Mahadev para encontrar una roca, con aforismos grabados en ella, que revelaban las claves de la realidad última, la naturaleza de la conciencia y la unidad de todo lo existente. Estas breves lineas tratan sobre el viaje de transformación de la conciencia, desde el individuo hacia la conciencia universal (Shiva), a través del surgimiento del conocimiento profundo, la sabiduría. Fueron dictadas por el mismo Shiva, según el yogui soñado. En este sentido, los «aforismos de Shiva» (significado literal de Shivasutra) se considera palabra directamente revelada por la divinidad, un flujo de la conciencia de la cual el autor material fue solo su instrumento. Esto alrededor del cambio de siglo VIII al IX, en Cachemira.
El estilo del texto es críptico y poético, difícil de entender para quien no esté familiarizado con las ideas del shivaismo, pero accesible en la medida que cualquier poema lo es para su lector. Hay metáforas que apelan a la intuición más que al entendimiento. La concreción de las palabras abre la amplitud de la experiencia inefable a la que aluden. Si alguien ha experimentado aquellas experiencias de conciencia referidas (estados meditativos), el significado del texto nos remitirá directamente a ellas.
También es muy accesible para quien conozca un poco de las ideas fuerza del hinduísmo, ya que se pueden notar las influencias advaitas (no dualidad), así como nociones del samkhya. Pueden ser reconocibles sus profundas raíces védicas en el caracter místico de su poesía, que bebe directamente de los Upanishads. De hecho, los tópicos recurrentes del Sanatanadharma (nombre más apropiado para la constelación de creencias y filosofías popularmente llamada hinduísmo en occidente) nos permiten descifrar su significado a base de repetición, del eterno retorno de los motivos omnipresentes de estas tradiciones: su tenaz vocación de sacralizar la existencia, y alguna variante del yoga como método soteriológico que conduce a la conciencia suprema, experimentada como dicha y voluntad.
Su estructura es típica. Empieza con lo general y avanza hacia lo concreto, a esbozar su método. Como guía de recursos meditativos se puede empezar por la tercera parte para ir retrocediendo hacia la segunda, y luego la primera parte, ya que establece un sencillo camino para su particular soteriología. Así abordaremos su mensaje en este breve articulo.
El primer aforismo de la tercera parte inicia con el escueto pero profundo «La mente es el Ser». Parte así del resumen de la experiencia cotidiana de los humanos. Yo soy mi mente. Las personas se identifican con su yo constitutivo, que es una construcción mental, como si fuera la esencia de su ser. El conocimiento material de la realidad es atadura (bandha) a la materia misma que busca conocer. Este conocimiento cotidiano de los objetos se basa en asociaciones mentales, y así la conciencia se identifica con aquellos objetos que observa, confunde la realidad de su propia naturaleza con los objetos que se le presentan. La ilusión de la realidad (maya) es debido a la carencia de discernimiento de los elementos constitutivos de la experiencia (tattvas) y sus constantes transformaciones, sin notar que la base imperturbable, lo inmutable de la experiencia, es la conciencia misma.
El punto de partida es tambien común a la experiencia cotidiana. El ser es el actor, y los sentidos son los espectadores. Hay una transferencia de la experiencia conciente interior hacia el exterior. Esto significa buscar el Ser en las cosas externas, en el entorno y sus acontecimientos. Todo lo registrado por los sentidos y la mente es una representacion en el sistema nervioso y la imaginacion interna, el mundo de afuera tiene su correlato eléctrico en el tejido nervioso y neuronal. De esta manera, la proyección de la conciencia es algo natural, así como considerar externo algo que no lo es. Pero si se presta atención a la semilla de esa proyección, a través de la meditación, se logra la reidentificacion del Ser con la conciencia y se accede a ese gran océano. Desde esa posición, se trasciende el conocimiento material y se confecciona el mundo desde aquella cuarta experiencia de conciencia, adicional a las tres básicas: vigilia, ensoñación y sueño profundo. El cuarto estado (la conciencia de Shiva) debe derramarse hacia las otras tres, modificándolas, para alcanzar la libertad (liberación psicológica de la condición humana).
El método que propone remite directamente a la concepción védica de un universo basado en el sonido (la vibración universal, el OM) antes que la luz, y fundamenta el llamado «mantra yoga». Instruye en fijar la atención en los fonemas del mantra hasta tal punto que la mente sea absorbida por su objeto de atención. Con persistencia y una respiración balanceada se alcanza la estabilidad visionaria y su fruto, el autoconocimiento. Esta estabilidad mental se extiende al cuerpo, los sentidos y el entorno. Este conocimiento consiste, en parte, en reconocer que el deseo es el mecanismo que externaliza el proceso interno. Y de manera inversa, sin deseo, se puede percibir el placer y el dolor como algo ajeno. Mientras el yogui o yoguini se encuentra establecida en la atención pura, cesa la sensación de separación con el mundo contemplado, y se disuelve el individuo empírico, el yo.
Aquí se dimensiona el papel de la meditación como medicina para la mente, como remedio para despejar sus fantasías que confunde con realidad absoluta. Es emocionante pensar a la meditación como un espejo de la conciencia. Cuando fijamos a ésta sobre sí misma, es como si se creara un circuito de autocontemplación infinita. La conciencia contemplándose a sí misma. Esta revelación viene acompañada de dicha, de gozo. Es el famoso sat-cit-ananda del Vedanta. Fijando la mente en su propio núcleo, el motor que la dinamiza, se puede comprender tanto la percepción como el vacío constitutivo, sustrato del todo, según el texto.
Entonces, «la mente es el mantra», la mente ya no es el Ser. Se reitera aquí que la mente es un instrumento de la conciencia, y emerge el conocimiento innato. El mantra es el cuerpo, la expresión material del conocimiento. Es la materialización vibratoria de aquel conocimiento, el cual había sido olvidado en el vientre materno. Este mantra es un medio, un gurú, una vía de aprendizaje, y no es meramente una fórmula para pronunciar. De hecho, no se refiere al mantra como frase litúrgica sino también como sonido puro. El mantra es la capacidad de reflexión entre la materia y la conciencia, su correlatividad, su enlace. En esta experiencia de conciencia, el cuerpo se vuelve una oblación y se alimenta del conocimiento innato, el cual emerge como vacío. El vacío es la conciencia, como recipiente de todo lo material, de todo contenido. Esta idea es contraria a la dominante en occidente y la cultura científica cosmopolita, que asume que la conciencia brota de la materia, es decir, del cuerpo. Que la conciencia es un epifenómeno del cerebro, que surge de la mente. En el shivaismo es lo contrario. La mente, y todo lo material, surge de la conciencia. Ella es la fuente, el origen.
«La conciencia es el Ser», sentencia el texto, sobre el reconocimiento de la verdadera naturaleza del espíritu. El texto postula una perla más para provecho de la neurociencia y la actual cibernética, que buscan crear una psudointeligencia artificial. Ese concepto es Matrika, que es la fuerza de la conciencia que une todas las asociaciones mentales del intelecto para interpretarlas. Es lo que permite la comprensión, la atención y la experiencia consciente. Los algoritmos actuales pueden crear lenguaje pero no pueden entenderlo. Son zombies filosóficos, máquinas sin conciencia. Solo son la mímica de un aspecto de la inteligencia humana y biológica, y nada más, porque carecen de Matrika.
Se infiere que la conciencia contiene a la materia, como producto de su propia creación, y no al revés, que una parte de la materia es conciente. La esencia de la realidad, según Shivasutra, es que todo, absolutamente todo, es conciencia.
